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texto de prueba
El siguiente artículo es una aproximación a una serie de nociones sobre el entendimiento de la vida, la existencia, el poder, la alienación, la ideología… y el amor. Nada fácil esta tarea, pero trataremos de simplificarla lo más posible.
texto de prueba
El siguiente artículo es una aproximación a una serie de nociones sobre el entendimiento de la vida, la existencia, el poder, la alienación, la ideología… y el amor. Nada fácil esta tarea, pero trataremos de simplificarla lo más posible.
Nuestro pensar generalmente se basa en respuestas verbales comunes a tipos de cosas o acontecimientos; usamos esas respuestas en muchos niveles de abstracción, desde los más simples de los niños al nombrar e identificar las cosas… los zapatos, muñecas, envases… hasta los más elevados, como el concepto del 'poder' o de 'fuerza', empleados por los políticos y científicos.
Antes de llegar a formular un concepto debemos abstraer los elementos que lo forman y generalizarlo. Por ejemplo, un niño de dos añitos puede alcanzar una vela encendida, atraído por el brillo de la candela y al sentir el ardor retirar de inmediato los dedos. Más adelante, al toparse con un bombillo y tender a tocarlo, hará probablemente un movimiento instintivo de retirada. El elemento común de la luminosidad, entre el bombillo y la candela, es abstraído por el niño en ambas situaciones y generaliza que los objetos luminosos queman y por consiguiente debe retirar las manos.
Casos sobre abstraer y generalizar
Los elementos 1, 4 y 5 tienen en común algo que los demás no tienen; al captar las características comunes compartidas por esos tres elementos habremos identificado una clase de elementos. Podríamos asignarle un nombre a esa clase y reconocer las instancias comunes pertenecientes o no a ella.
Clasificar las cosas y acontecimientos de esta manera nos sirve para examinar las complejidades en nuestros entornos natural y cultural. Una vez que clasificamos y denominamos un elemento, podemos inferir acerca de él. Por ejemplo, un objeto sinuoso de medio metro de largo puede parecernos una serpiente y más allá, al presentársenos un cuerpo ondulante, podemos deducir que se trata de un reptil e inferir, por consiguiente, la prevención de que sea una víbora.
Igualmente, se nos puede presentar alguien como 'educador' y tenderemos a deducir o inferir otras características o propiedades asociadas a la clase de los 'profesores'; por ejemplo: ser un ciudadano responsable del saber, andar más ocupado en la asistencia social que con hacer dinero, etc.
Hay, por lo tanto, dos aspectos a tener en cuenta al formular conceptos:
-- el acto de clasificarlo por las características comunes observadas.
-- el conjunto de asociaciones o inferencias en cuanto a las características aún no advertidas.
Hay elementos que clasificamos juntos por ser similares o tener cualidades o atributos comunes. Para abstraer esas características o cualidades comunes, necesitamos conocer, tener la experiencia de un conjunto de instancias donde aparecen tales cualidades comunes y algunas no tan comunes. Si una característica o cualidad se repite, mientras otras varían, tenderemos a notarla y a abstraerla.
Si vemos una lámpara roja, un traje rojo y una cara pintada de rojo en un cuadro, tendemos espontáneamente a abstraer esa propiedad común de lo rojo.
Al observar un elemento, generalmente, si la característica o propiedad 'A' también ocurre o aparece en los elementos B, C, D, y luego en C, F, H, y de nuevo en E, G, B, tenderemos a abstraerla y a reconocerla en sí misma, aparte de los elementos particulares.
De tal manera que formulamos, según la clase de elementos reunidos, en el ejemplo mencionado, la singularidad… el concepto de lo rojo.
Nuestra manera de abstraer y de formular conceptos depende, entonces, de cómo entendemos y manejamos nuestro lenguaje, la cantidad y calidad de la información que poseamos sobre una cosa o situación, y de nuestra cultura para relacionar las cosas y situaciones en diferentes contextos.
Es importante tomar en cuenta que, en la evolución de los idiomas, a lo largo de siglos, las lenguas indoeuropeas han venido incorporando conceptos y abstracciones en grados más elevados que las lenguas más primitivas.
Por ejemplo, la clase de elementos denominados 'números primos' o las especies animales; la gama de tonalidades incluidas en la categoría 'azul'; o las figuras ideales como los triángulos, cuadrados y círculos, son todas invenciones abstractas que no 'existen', por ser desconocidas a simple vista, en el entorno natural.
En este sentido, las cosas, los elementos que observamos en el entorno cotidiano nos proporcionan indicios o características con las que podemos establecer agrupamientos; pero nos proporcionan, además, evidencias que pueden servirnos para establecer muchos otros conjuntos abstraidos que el común de la gente no ve y por tanto dejan de relacionar, además de los ya evidentes a los ojos de todo el mundo.
Los conceptos y el aprendizaje de las palabras
El proceso mediante el cual los niños van adquiriendo las palabras que conforman su escaso vocabulario y conceptuaciones podemos describirlo:
Supón o recuerda cuando eras niña o niño y te encontrabas inmerso en alguna circunstancia. Recuerda cómo captabas las cosas, según te ibas fijando en lo que ocurría, hasta poder mencionar algo o echar el cuento con tus propias palabras.
Una circunstancia de esas pudiste experimentarla en la calle… oías que alguien decía 'perro' o 'perra' al pasar algo. Luego de un tiempo, te encontrabas en otra situación algo diferente y volvías a oír ese sonido 'perro' y no veías pasar nada, pero algo obviamente había ocurrido…
De modo que el proceso continuaba y las experiencias con el sonido 'perro' surgían a intervalos irregulares. Por lo tanto, las apariciones, en esos casos eran inesperadas, surgían sin referencias directas, ni etiquetas obvias en cuanto a su naturaleza esencial… nada que caminase en cuatro patas realmente. Esto solía precipitar, en cada nueva aparición del sonido, un problema más o menos agudo en cuanto a la reacción apropiada...
Mientras tanto, los intervalos entre las experiencias con el sonido y ese algo 'perro' se iban llenando de toda suerte de otras experiencias que contribuían a la formación de otros conceptos.
A la larga llegaba el momento en que uno poseía ya la significación para la palabra 'perro' en cada caso. Al examinar la cuestión, ese significado comprendía características más o menos comunes a un tipo de cuadrúpedo y no comunes por ejemplo a las gatas, muñecas y osos de peluche.
Pero, para uno, el proceso para alcanzar esa significación o concepción era en gran parte inconsciente, o mimético si el padre o la madre exclamaba "Perro!" para demostrar sorpresa por algo dicho o visto, y uno no veía el animal por nigún lado.
Por lo tanto, cuando llegabas por fin a nombrar a los perros o perras y a distinguirlas, por tí mismo de aquellos elementos no-perros, habías captado el concepto, tras reconocer las cualidades esenciales (definitorias) que constantemente están presentes junto con las concomitancias que varían, hasta en el género de la especie.
Lúcidamente, la tarea del niño o niña se torna más fácil por la redundancia en la naturaleza. Los perros tienen muchas cosas en común: la cola, la piel melenuda, el olor y el ladrido (así como el hábito salamero que caracteriza a esa especie como "el mejor amigo del hombre"), de manera que la posesión de algunas de esas cualidades es una garantía razonable de las otras que también están presentes.
Los conceptos significativos y útiles sólo logramos desarrollarlos después de la experiencia en muchas instancias con la clase en cuestión. Por ejemplo, los hacendados se pueden llegar a formarse la idea de la utilidad económica de las vacas, mediante la observación de sus ubres. Un hacendado experimentado en lechería desarrollará el concepto de "buena ubre" a partir de la observación de la producción láctea de varias decenas de vacas. Igualmente, los catadores de vino desarrollan una notable selectividad en la prueba directa de esos licores, su propio vocabulario y conceptuaciones.
Si los nuevos conceptos han de tener significaciones propias, por lo general se requiere la experiencia de un conjunto considerable de instancias. Esta es una de las razones por las cuales el trabajo práctico, directo, es importante en muchas circunstancias.
Quien haya construido un dispositivo inalámbrico en sus estudios de física de bachillerato, estará en condiciones más ventajosas para decidirse a estudiar la carrera de la electrónica que quien no lo haya hecho. Igualmente ocurre con la música, no podrán estudiarla tan inteligentemente quienes nunca hayan tenido la oportunidad de tocar un instrumento musical.
Mas, la mera experiencia directa no es suficiente, también se requieren ciertas afirmaciones o normas explícitas básicas. Esto es evidentemente cierto en conceptos tales como: 'alteridad', 'kilovatio', 'socialismo' o los elementos abstractos no directamente observables, como 'plusvalía' o 'transnacional', donde se requieren definiciones verbales explicativas y experiencias relevantes o descriptivas, teóricas.
Los riesgos al categorizar
El pensamiento conceptual nos reduce o facilita el desmenuzamiento de las complejidades del entorno físico y mental; nos permite identificar las cosas y sus elementos constitutivos. Lo fundamental de ello es que elimina la necesidad de estar reaprendiendo lo mismo constantemente. Una vez descubierta la composición del agua en H2O, pues será eso, en cualquier parte del universo. Así como el 'modo de producción' será feudal, capitalista, monopolista o socialista. Y esto nos proporciona algo muy importante, para poder pensar con técnica: el marco de trabajo de las categorías para ordenar las cosas y los acontecimientos.
Más, las categorías pueden llegar a ser rígidas o simplificar demasiado nuestras experiencias. Es demostrable, por ejemplo, que las personas prejuiciadas racialmente no llegan a observar las diferencias individuales entre indígenas, negros y semitas.
Toda vez que un individuo 'extraño' queda clasificado como 'negro', su posterior observación se vicia con ambigüedades, se obstaculiza y se frena. Igualmente, los jóvenes suelen clasificar superficialmente a las mujeres en bonitas y no-bonitas, y fallar al no observar sus características eugenésicas o culturales, que proporcionarían una clasificación más interesante, importante y conveniente, para verlas como competidoras, a la misma altura y en igualdad de condiciones en los cargos políticos, técnicos, administrativos o científicos en cualquier profesión.
Los conceptos pueden ser realmente obstáculos para el pensamiento claro y veraz. Por ejemplo, la distinción tradicional entre 'derrochar' y 'ahorrar' puede aplicarse de una manera rígida. El "derroche" puede ser una inversión concreta, cuando el dinero se gasta en educación o en salud, y el "ahorro" puede ser insustancial y verdadero derroche, si el dinero sólo se guarda y acumula en una lata o caja fuerte hasta la muerte del propietario.
El lenguaje ordinario nos hace disponer o agrupar las cosas, elementos u objetos en categorías separadas, como: 'listos' o 'estúpidos', 'normales' o 'anormales', cuando los atributos se dispersan en una serie continua en la que no nos es posible diferenciar correctamente las dos categorías. Los errores se cometen en el acto de la clasificación misma, pero más marcadamente en las inferencias que hacemos sobre características inadvertidas en base a la clasificación.
Una vez que tenemos clasificada a una persona como 'rubia', 'amante de los perros', 'miembro de la clase obrera', o fanática o partidaria de la campaña por el desarme nuclear, probablemente tendremos que comprobar otras cualidades o atributos en esa persona que iremos conociendo o creamos que están asociados a su clase. Y eso va más allá de lo meramente evidente. La vida sería intolerablemente compleja si no hacemos las inferencias probables en cada oportunidad.
Por otro lado, en el pensamiento científico estamos obligados a saber con precisión cuánta confiabilidad podemos depositar en tales inferencias.
En aras de los ejemplos dados, cualquiera puede afirmar que todos los que comen con el tenedor en la mano derecha son de origen muy humilde. Un estudio empírico puede mostrar que la asociación entre los hábitos y las costumbres con el origen cultural es tan pequeña que no se justifica que elaboremos inferencias de lo uno a lo otro.
No obstante, en las inferencias realizadas a cada rato en la vida diaria, la información precisa sobre esta clase de cosas rara vez está disponible y uno rara vez será capaz de convalidar entonces las inferencias efectuadas.
Así, un pescador puede creer que, en ciertas corrientes, unos peces pican un determinado tipo de carnada más que otros, cuando, de hecho, pican casi cualquier tipo de carnada en determinadas ocasiones y son más selectivos en otras, y algunas veces hasta se niegan a picar del todo. Por ende, los pescadores no tendrán realmente posibilidades de realizar estudios estadísticos controlados acerca de cuántos peces picarán diferentes clases de carnadas. Pero, como de todas maneras deben utilizar algo de carnada, tenderán a hacer inferencias probables sobre experiencias necesariamente poco fundadas o no adecuadas.
Lo mismo es válido en todas las situaciones donde los resultados son influenciados por muchos factores, y solamente uno o dos pueden ser controlados. Uno puede decidir que unas pastillas de vitaminas le harán bien, o que un fertilizante le hará bien a su jardín, pero no llegará, sin un análisis previo, a aislar del tratamiento los efectos colaterales de otros factores. Como en el dicho: "el remedio puede resultar peor que la enfermedad".
El punto a tomar en cuenta aquí, es que, las asociaciones que formulamos alrededor de nuestros conceptos a menudo se basan en evidencias inadecuadas. Las asociaciones contenidas o las relaciones establecidas en muchas muestras del folklore son patentemente inciertas en cuanto a que los habitantes de un país sean escépticos, o que sus pensadores sean generalmente utópicos, o que los ateos sean inmorales.
De la misma manera, algunos de nuestros más personales conjuntos de asociaciones pueden ser falaces o equívocos.
Para pensar claramente es necesario cierto distanciamiento de las ideas ya existentes y de las experiencias vividas. Pues, necesariamente, el pensamiento sólo puede proceder porque las ideas hay que asociarlas y establecer relaciones concretas.
Las derivaciones comunes que a menudo determinan el ordenamiento de nuestros pensamientos en las asociaciones libres tampoco son fortuitas. Las primeras ideas que le vienen a la mente de la mayoría de la gente cuando observan, por ejemplo, la palabra 'aguja', son 'hilo' o 'alfileres'; 'martillo' sugiere 'clavo' y 'lámpara' sugiere 'luz'; 'mesa' sugiere 'silla', etc.
Ciertas derivaciones y asociaciones espontáneas muy comunes dependen entonces de los hábitos verbales heredados y ya instalados en nuestras mentes. Al extender esta observación de las palabras particulares a las secuencias más complejas del pensamiento organizado, muchos lugares comunes caen en las vertientes del pensamiento trivial o costumbrista y la corriente del pensamiento fluye, por consiguiente, por canales ya desgastados u obsoletos de la tradición y el mundo pre-hecho y autoritario de las repeticiones institucionalizadas.
¿En todos los diciembres del resto del porvenir de la humanidad se celebrará por siempre la navidad cristiana? ¿Realmente vivimos en el año 2017? ¿No es eso una arbitrariedad ideologizante? Y, en todo caso, cuál es la veracidad que está detrás de esa manera de clasificar el tiempo?
La conformidad con patrones establecidos o matrizajes de pensamiento convencionales es, a menudo, ventajosa al ir más allá de las más elementales formas de analizar. Por ejemplo, a un político le conviene apoyarse en las tradiciones. Pero, nada más lejos de un científico o filósofo. En las ramas del aprendizaje y el conocimiento estrictamente técnico se requiere una actitud más crítica y entrenada. Y eso es lo que define al pensamiento progresista.
